Distraídos

Mi amigo Óscar, quien lee, y mi amigo Jamón, quien lo graba en su estudio, se sumaron cómplices para darle voz a este relato. Yo leo muy mal y aún no me atrevo a leer para ustedes. Pero tal vez lo haga pronto. Quién sabe.


En el departamentito en el que vivo, como la presión del agua no da para una ducha generosa, siempre hace falta encender la bomba todas las mañanas. Dejar esa bomba muchas horas encendida, según me han advertido los propietarios del edificio, puede tener consecuencias irreparables.

Los distraídos como yo vivimos siempre con culpa, con desconfianza sobre lo que se ha hecho o se ha dejado de hacer. Y eso pasa al menos una vez por semana con la bomba.

Muy usualmente, por el miedo a que estalle una cañería y le cague la vida a todo el edificio, cuando ya estoy a medio camino de mi casa al trabajo, le pido al taxista que regresemos para ver la bomba. Para cuando he vuelto, muchas veces mi vecina Andrea, solidaria con mi condición, ya la ha apagado. Muchas otras veces he vuelto por una duda mínima, por pura desconfianza en mí mismo, y he escalado los cinco pisos solo para comprobar que sí había recordado apagarla.

Algo parecido tiene que ver con que recientemente me haya cambiado de banco. Este cajero nuevo al que ahora me enfrento, a diferencia de con el que trataba antes, te suelta primero los billetes y luego la tarjeta. Pierdo la tarjeta con una estupidez disciplinada. Por lo general, sucede todos los viernes por la noche. Y como tengo la costumbre de hacer las compras del supermercado los sábados, es ahí recién cuando noto la pérdida.

Con la tranquilidad de quien ha asumido ya esta clase de derrotas cotidianas, me disculpo con la cajera, pido que me guarde mi canastita un ratito y me voy humillado a sacar una nueva tarjeta.

Los distraídos somos gente usualmente buena que se daña a sí misma y daña a los demás por pura inocencia. Con mi amigo Coché, por ejemplo, cuando está por irme a buscar con el carro y me dice: «Concha-de-tu-madre, ya estás listo, ¿no?», y le digo que sí; estoy siempre diciendo la verdad. Pero a último minuto resulta que no recuerdo dónde puse las llaves de casa o que me faltó cagar para estar en paz o que si vamos a jugar al fútbol no calzo las zapatillas correctas.

Los distraídos nunca terminamos de estar listos. Siempre salimos incompletos de casa.

Hace apenas unos días salía de Bembos, con una vaso de chicha en una mano; y en la otra mano, el celular. En un determinado momento, cuando quería echar a la basura el vasito de mierda ese, mi cerebro le dio indicación a la mano incorrecta. Fue mi celular el que terminó en un tacho profundo en el corazón de San Isidro y tuve que meterme de cabeza a revolver la basura para recuperarlo. Estaba a dos cuadras del trabajo.

Y aunque es verdad que también tenemos malicia, esta casi siempre empieza desde un acto involuntario. Como la vez que robé un cargador en Wong. El cargador lo había metido en el bolsillo con la intención de pagarlo luego, pero me distraje comprando pan y queso y ese tipo de cosas. A la hora que llegué a casa tuve vergüenza al encontrar el cargador en mi bolsillo. Pero es justamente en ese punto cuando los distraídos sentimos la pulsión de la maldad. Y a decir verdad, probablemente ya saliendo de Wong estaba ligeramente consciente de que algo estaba robando, pero no sabía exactamente qué, y no me quise preocupar en hurgarme los bolsillos.

Ya en casa, cuando había identificado el objeto robado lo pensé como una retribución cósmica a mi condición de imbécil, como una compensación a todo lo que el mundo antes me había quitado, y así la culpa cedió.

Naturalmente, ese cargador en un par de días lo perdí.

Los distraídos, creo, somos una suerte de sociedad anónima que se sabe reconocer y dar aliento en medio de los organizados y metódicos y toda la gente a la que envidiamos. Nos reconocemos en las calles por el andar con culpa, porque tropezamos entre nosotros y con la mirada ya sabemos que no hace falta decir nada. O que no se debe decir nada, como una especie de Club de la Pelea de los torpes.

Con todo esto te quiero decir que no estás solo. Que la próxima vez que eches al tacho un celular estará allí mi abrazo y mi compasión. Estará allí mi complicidad para remediar el apocalipsis de la bomba que olvidemos apagar.

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Jueves 15 de diciembre de 2016

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