Esta Navidad no tendrá historias de mierda

Cuando las madres se niegan a aceptar que has crecido, lo que hacen es elegirte un desodorante unisex.

Para el principio de mi adolescencia, mis padres ya estaban separados, y como mi hermano y yo nos habíamos quedado a vivir con mi madre, casi siempre era ella la que se encargaba de explicarnos el mundo (o su muy personal versión del mismo). Así, el primer desodorante que yo usé fue, por defecto, la versión unisex de la marca que ella usaba.

Pasé buena parte de la adolescencia sin sobresaltos, sin sudores ni olores incómodos. Hasta que un día ese bendito desodorante unisex fue sacado del mercado y no había otro que resultara conmigo.

Desde que tenemos razón, y como es natural entre hermanos, mi hermano Paolo y yo hemos aprovechado cualquier pesar del otro para dañar su honra pública. Esto a Paolo le sirvió buen tiempo para dejarme mal frente a parientes y amigos, en venganza de todo lo que seguro yo le había hecho en el pasado. En casa, cuando me veía probando con nueve desodorantes distintos, se aparecía para decirme que asuma mis hormonas de marica y empezara a usar el desodorante de mamá.

Al poco tiempo, sin embargo, ya había dado con el desodorante adecuado y había dejado de ser un adolescente apestoso. Además, en todo ese tiempo de sufrir callado, había reunido un material importante contra él y no había evento público en el que no lo avergonzara.

Pasé buen tiempo arriba en el marcador; y parecía difícil que Paolo remontara.

Hasta que un día se consiguió una historia que no le falló más. Mi madre, por un espíritu benefactor, cuando se daba cuenta de que alguno de sus hijos estaba en notoria desventaja, se involucraba para tratar de equilibrar el partido. Así, a veces mi madre filtraba información a un bando o al otro según correspondía. Y creo que fue así que mi hermano se llegó enterar de que una vez me había cagado en el colegio.

Esa historia, durante muchos años, la contó en reuniones familiares, frente a mis amigos y frente a cada una de las novias que tuve en adelante. Cada vez que empezaba con esa historia mi madre agachaba la cabeza, consciente de ser la responsable de mi interminable desventaja.

A estas alturas ya ni mi hermano ni yo vivimos con mi madre. Mi hermano vive con su novia inglesa y yo vivo solo; por lo que mi mamá desde hace un tiempo ya no tiene material para mediar en la disputa.

Pero la última vez que mi hermano contó esta vergonzosa historia en público, algo pasó.

Su novia, la inglesa, que no entiende demasiado castellano pero que es muy avispada, escuchaba atenta la historia y veía como yo me ponía rojo y daba manotazos de ahogado para defenderme. De pronto, Sarah, bajito, con su acento británico, soltó una infidencia.

-¿Algo así no te pasó a ti el lunes? –le dijo a mi hermano.

La sala quedó en silencio.

Sarah trató de ahondar en la historia, pero mi hermano la interrumpió para confesar. No voy a dar más detalles: basta con decir que el marcador se puso a cero otra vez. Y ni mi madre ni yo podíamos parar de reír. De hecho, mientras escribo esto, esa risa de satisfacción profunda me alcanza otra vez.

A lo largo de los años, gran parte de todas nuestras disputas se han dado estelarmente en las cenas de Navidad. Desde que nacimos, mi hermano y yo pasamos las fiestas en casa de mis abuelos maternos. Siempre ha sido este escenario como nuestro último partido de la temporada.

Es la primera vez que Paolo va a pasar la Navidad fuera, porque está en Inglaterra en casa de los padres de Sara. Mi madre supongo que lo extrañará. Mis abuelos dirán lo mismo. Yo, por lo pronto, solo me he puesto a pensar en que la Navidad no tendrá historias de niños o adultos cagándose encima.

O que Paolo perderá totalmente su dignidad en la cena de este año. No sé, aún lo medito.

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Miércoles 21 de diciembre de 2016

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