Tu perro de la infancia volverá para morderte

El sábado estaba conversando con Coché en la puerta de mi casa y de pronto él, medio confundido, me hizo mirar hacia la veterinaria de enfrente.

En la puerta de la veterinaria había un tipo abrazando a un siberiano. Le tomaba del hocico, lo miraba a los ojos y le hablaba. Todos sabíamos lo que iba suceder. El hombre, su familia que los miraba desde atrás e incluso Coché y yo que nada teníamos que ver ahí, sabíamos que ese perro estaba por morir. Todos lo sabíamos, menos él.

El perro de mi infancia tampoco sabía que se iba a morir. Era un pastor alemán gigante. Nadie le quiso pensar demasiado el nombre y le pusimos Sony, como la marca del televisor de la sala.

Tengo muchos recuerdos con él. Tengo principalmente una imagen: me veo muy chico, con un disfraz muy ridículo y una espada de plástico, subido en su lomo, cabalgándolo por la casa de mis abuelos. También recuerdo lo horrible: cómo al final quedó ciego, cómo se arrastraba cojo por el jardín, cómo resbalaba torpemente en el piso de la cocina.

La primera vez que supe de la muerte de cerca, fue el verano que se decidió que Sony no debía estar más entre los vivos.

Yo tenía 10 años. Pero incluso a esa edad ya me quedaba bastante tonta la explicación de que tu perro te cuida desde el cielo. Y creo que eso fue lo más doloroso: asumir que mi perro de la infancia estaba varios metros bajo tierra. Y entender –tan chico– que después de la muerte solo hay tierra y gusanos.

Lo que no comprendía era cómo, a los pocos meses, mi familia ya podía hablar de conseguir otro perro. Yo recuerdo mirarlos como se mira a la recién enviudada que ya busca marido.

Para mí era una traición hablar de eso tan pronto. Porque incluso cuando Sony estaba vivo, yo me prohibía a mí mismo tener relaciones demasiado amistosas con otros perros. Y si acaso de pronto una tarde me encariñaba con el perro de algún amigo, volvía a casa con culpa.

Si alguna vez fui infiel, es debatible. Pero siempre fui leal.

Mi familia, sin embargo, sí tuvo perros luego de Sony. Todos perros ridículos o aburridos. Nunca me permití disfrutarlos mucho.

El ejemplo más claro viene de la época en la que viví con mi padre y su esposa Milushka, quien es también la madre de mi hermano José Carlos. No sé de quién fue la idea, pero cuando ellos eran aún solo novios y vivíamos los tres en Monterrico, se aparecieron una noche con un shar pei hembra. Los shar pei son esos perros con la piel arrugada, llenos de rollos y que muy fácilmente empiezan a oler a mierda.

Nunca la pude querer. Y creo que mucho tuvo que ver con su nombre. Mi padre y Milushka le llamaban La Duquesa. Mis amigos y yo no resistíamos ese nombre y con el tiempo la empezamos a llamar Prepucio.

Pero una vez pareció que sería distinto. Había ido a la casa de un amigo que tenía un labrador hermoso. Era un perro gigante, inteligente, obediente y leal. Todo lo contrario a Prepucio que te orinaba la cara mientras dormías y se cagaba dentro de tus zapatillas. Conese labrador redescubrí lo maravilloso que puede ser tener un perro: ese día corrimos y jugamos hasta quedar exhaustos.

Esa misma noche, cuando llegué a casa, estuve buscando en la computadora lugares de adopción de animales. Y viendo videos de mascotas graciosas. Me quedé dormido pensando en el nombre del perro que iría a adoptar, y soñé que volvía a la casa de mi infancia y que mi perro de la infancia me desconocía.

Sony salía de pronto desde la puerta falsa del jardín de mis abuelos y yo le extendía los brazos llamándolo, pero él me gruñía. Me le acercaba para acariciarle y me amenazaba con ladridos. Yo no era del todo consciente de que estaba en un sueño. Pero le dije lo que uno le dice a todo amigo de la infancia cuando se pone borracho y te desconoce.

¿A mí, huevón? ¿A mí? –le grité. Y Sony saltó a morderme.

Me desperté transpirado.


sony_1_

Sony en algún verano de los años 90, antes de morder en los sueños.


Mi hermano José Carlos, que tiene siete años, ha conocido al perro de su infancia hace unos meses. Se llama Ozzy.

José Carlos todavía es muy pequeño para anticipar todo lo que está por venir. No sabe todavía lo que es sacarlo al parque a pasear y que las chicas vengan a preguntarle el nombre. Tampoco advierte que cuando él sea un poco más grande le obligarán a limpiar la mierda de Ozzy de la sala. O que va a pasar las peores navidades de su vida dándole calmantes para que no sufra con los pirotécnicos. Tampoco tiene la menor idea de que un día se va a tener que despedir del perro de su infancia.

No tiene por qué saber nada de eso.

La vez pasada lo vi correr detrás de su perro todo el día, haciéndole bromas pesadas, jalándole la cola y saltándole encima para abrazarlo. El perro estaba incómodo por ratos; pero al fin y al cabo, contento.

En medio de su juego, Ozzy, que es muy cachorro, le mordió la mano a Jose. Jose pegó un grito y casi le suelta un manotazo, pero se contuvo. Estaba muy feliz para eso. ¿Y cómo no iba a estarlo? El perro de su infancia le acababa de morder la mano, pero no había sido ningún sueño.

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Domingo 8 de enero de 2017


***Actualización***

Cuando era niño alguien no me quiso dar la explicación que la Toti me dio hace unas horas a raíz de esta historia. Sony, el perro de infancia, en realidad se llamaba Sonny. Y no le pusieron ese nombre por el televisor de la sala, como algún mal elemento de mi familia me hizo creer.

La Toti cuenta que cuando Sony –o Sonny– llegó a la casa, llegó junto a su hermano y los bautizaron como Sonny y Tubbs, por Sonny Crockett y Ricardo Tubbs, los personajes de Miami Vice. Yo nunca conocí a Tubbs, porque fue desterrado antes que yo naciera. Ambos perros peleaban demasiado entre sí y se decidió regalar a uno.


 

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