Tres historias sobre la culpa

 

culpablanco
Ilustración: Ignacio Amenábar

Lo más natural entre los seres humanos es que, cuando cometemos una torpeza, el impulso inmediato es tratar de ocultarla. O bien hacemos un intento tibio por reparar el daño o bien nos desplazamos de puntillas lejos de la culpa.

***

1

Una vez, por casualidad y muy borracho, me tomé el agua bendita que mi viejo había reservado para consagrar su matrimonio. Alguien le había traído una botella con agua del Río Jordán y yo había llegado en la madrugada con mucha sed y no había reparado en las letras árabes de la botella.

Amanecí divino.

Era día de semana, y como yo no trabajaba ni hacía nada, recién como al mediodía salí de mi cuarto con el objetivo de comer algo. La señora Flor, que algunas veces iba a cocinar a la casa de mi papá, apenas me vio, se desparramó de la risa en un rincón de la cocina. Y me contó todo.

–Pucha, seño. ¿Y ahora qué hacemos? –le dije.

–Nada –me respondió–. Llénela con agua del caño nomás.

Abrió la llave del agua y me miró cómplice.

 

2

La mayoría de mi infancia la viví en casa de mis abuelos. Era una casa grande en Surco, que tenía un jardín lleno de rosales, en el que mi hermano Paolo y yo estábamos prohibidos de jugar. Mi abuela nos tenía amenazados porque le destruíamos sistemáticamente el jardín.

A menudo, cuando mi abuela se iba a la misa o a visitar a alguien, Paolo y yo corríamos al jardín con la pelota y nos turnábamos el arco para jugar a los penales. El arco, naturalmente, lo delimitaban dos plantas muy importantes para la tranquilidad espiritual de mi abuela.

–No hay que patear fuerte, ¿ya? –nos decíamos entre los dos.

Pero era cuestión de minutos para que de un pelotazo nos saquemos del tallo una decena de rosas.

Yo, pese a ser el mayor, era el más cojudo de los dos. Mientras Paolo ya se había escondido dentro de la casa, yo hacía el intento de devolver las rosas a su tallo (colocarlas encimita, por lo menos). Y cuando escuchaba a mi abuela llegar, recién corría hacia dentro de la casa.

Pero ya la puteada nos la habíamos comprado los dos. Y mi abuela podía renegar sobre lo mismo durante horas de horas, hasta que mi hermano o yo nos atrevíamos a preguntar por la penitencia.

-¡Abuela! ¡Pero ya te pedí perdón! ¿Qué más quieres que haga?

-Reza, reza, que tienes el demonio dentro –me dijo una vez.

Esa vez nos le reímos en la cara. Pero no volvimos a jugar en el jardín.

 

3

Habíamos empezado desde muy temprano a cagarle la vida a todo el mundo. Ese verano aún éramos adolescentes y Coché, que era el más razonable y sensato de nosotros, estaba de viaje; por lo que Moncho y yo no teníamos límites morales y las circunstancias nos permitieron hacer algo terrible.

Por la mañana, después de haber tomado toda la noche, salimos Moncho, Joel, su hermano José Luis y yo a aterrorizar a las chicas del barrio con baldes y globos de agua. Era domingo de carnavales.

Los padres de algunas chicas nos espantaban a gritos, las madres nos arrojaban cosas desde las ventanas y las propias chicas tomaban piedras del suelo para hacernos correr.

Nosotros huíamos hasta la misma esquina del barrio que habíamos tomado como base. Ahí nos echábamos al piso de la risa y recobrábamos fuerzas para seguir propagando el terror.

Fue precisamente en uno de esos momentos en que la idiotez nos nubló el sentido común. Y decidimos salir de nuestros dominios y trasladar la maldad hasta la avenida.

Una vez allí, hicimos las muchachadas clásicas. Sobre todo apuntábamos a las ventanas de las combis y a los cobradores. Pero llegó el momento en que eso ya no nos bastó; y fue entonces que la vimos.

Tenía puesto el uniforme de enfermera, limpio como túnica de ángel, y seguro iba rumbo a salvar vidas hasta que una maldita coincidencia la puso en nuestro camino.

Para ese momento, Joel y José Luis habían quedado relegados, y Moncho y yo solo teníamos un balde. No nos habíamos percatado de lo llena de tierra que estaba el agua. O quizá sí. Está bien, puede que sí lo supiéramos, pero no éramos conscientes de lo estúpidos que estábamos siendo.

Lo hicimos: le echamos el baldazo y antes de echar a correr pudimos ver cómo su uniforme se teñía de barro y el agua asquerosa la empapaba. Y vimos su gesto de odio y cómo se desilusionó de la humanidad.

Nos metimos una cuadra rumbo al barrio. En un principio corrimos, pero luego solo pudimos caminar con la cabeza gacha. Volvimos al barrio sin podernos mirar entre sí.

Caminamos entre las calles sin hablar, enmudecidos por la culpa, con la sensación de tener el corazón sucio; tan sucio como el uniforme de la enfermera que esa mañana no fue a trabajar.

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Viernes 27 de enero de 2017

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