Los miopes no saludamos primero

Los miopes nunca saludamos primero. Nos persigue nuestro gran miedo de abrazar a extraños como si fuesen íntimos o de desconocer a los que amamos y saludarlos con frialdad.

Ser miope ha marcado mi vida desde siempre. Para ordenar las ideas, es necesario volver a aquel día de marzo de 1995 en el que mi madre me envió a mi primer día de colegio con unos anteojos gigantes, más adecuados para una abuela que fuma que para un niño.

Aquella mañana, apenas pisé el patio del colegio, supe inmediatamente dos cosas: que se venían 11 años de mierda y que la única manera de afrontar las burlas de los otros niños era no flaquear y no retirarme los lentes del rostro nunca. Así lo hice. Con los anteojos puestos jugaba al fútbol, brincaba en los juegos de arena y peleaba en el patio del recreo.

Usé los anteojos con tal determinación que, con el tiempo, más bien lo que empezó a generar extrañeza en mí y en los demás era ver mi rostro sin ellos. Pero esta determinación cedió cuando en un recreo Andrés Maldonado me estrelló una pelota en la cara y me abrió una ceja.

En adelante, evitaría usar los anteojos en los espacios de alto riesgo –los reservaría para las aulas y para ver la televisión– y empezaría a afrontar una verdadera vida de miope.

Durante años he saludado a los extraños con abrazos efusivos y besos. Una tarde, en Polvos Azules, cuando tenía 17 años, abracé por detrás a una chica que había confundido con mi novia. Todo fue muy rápido y con la vergüenza no podía explicar lo que había pasado. Al minuto tenía a la chica gritándome, al dueño del puesto amenazándome y a un policía haciéndome preguntas. Todo parecía que se estaba yendo al desagüe hasta que mi novia, que andaba por ahí en la galería, apareció en escena y supo reconocer la situación de inmediato.

–No, no  –dijo–. Es un huevón. No ve ni mierda. Ya nos ha pasado esto antes.

Los miopes no debemos saludar primero. Pero hay situaciones en las que ignoramos este mandatorio.

Una de esas situaciones se dio hace unos 10 años. Coché acababa de ingresar a la Universidad de Lima y sus nuevas amigas lo habían invitado a una fiesta. Moncho y yo, que no creíamos en las invitaciones individuales, lo forzamos a que nos lleve.

Coché accedió. Pero nos hizo vestirnos distinto, nos censuró cierta clase de bromas y no nos dejó llevar el trago que habíamos comprado.

–Nada que no tenga registro de sanidad –nos prohibió. Y nos hizo guardar la botella para otro día.

Cuando llegamos a la fiesta, había como un pasaje de chicas lindas a un lado y al otro, que a suerte de zigzag los tres empezamos a saludar con beso. Ya casi hacia el final del pasadizo me nublé por algo que no había previsto. Había una chica con el cabello muy corto, y la oscuridad del salón y la miopía no me permitían estar seguro de su género.

Entonces, pasó esto: me lancé a darle un beso, pero a mitad de camino me arrepentí. Uy, chucha, ¿y si es hombre?, pensé. Retrocedí la cabeza y extendí tímidamente la mano. ¡Uh!, ¿y si es mujer y la ofendo?, repensé. Alcé otra vez la cabeza y extendí mi mano por detrás de su cuello. Otra vez me entró la duda e hice lo impensable: la abracé contra mi pecho y le clavé un beso en la frente como quien saluda a su abuelita.

Todo esto pasó en segundos. Pero fue suficiente para arruinar todas las esperanzas de Coché de que pasáramos desapercibidos entre sus nuevas amistades y que con suerte tuviéramos éxito con alguna de sus nuevas amigas.

Luego supe de esa chica. Me enteré que además de muy guapa era una mujer brillante y divertida. Pero la suerte del miope que saluda primero ya estaba echada.

Estoy entusiasmado porque el próximo mes, 22 años exactos luego de que mi madre me mandara al colegio con anteojos de señora que fuma, me operaré la vista. Es muy posible que pronto pueda mirar el mar como lo ven los otros o distinga las gotas de lluvia o salude primero sin el riesgo de saludar a extraños.

Y tengo un ligero optimismo, además, sobre la idea de que alguna vez me reencuentre con la chica del cabello corto y no la bese como se besa a las abuelas.

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Viernes 17 de febrero de 2017

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