Hansel y Gretel quieren Wifi

Mi sexto día en este departamento nuevo cayó sábado. Eran las tres de la tarde y estaba sin almorzar por esperar a los tipos que iban a instalar el Internet. Como la esperanza de globalización aún no asomaba por este pequeño rincón de Surquillo, bajé por algo de comer a la panadería del primer piso.

Abajo encontré a los sujetos que esperaba. Era un gordo bajito y un flaco alto, como por alguna extraña razón lo son siempre los técnicos del cable. No me presenté para no incomodarlos. Pero justo cuando salía de la panadería les escuché algo que me angustió.

–Otra vez este edificio de mierda –le dijo el chiquito al alto.

Traté de ignorarlo. Me metí a mi departamento, me senté en el sofá de la sala y miré fijamente a la hermosa Smart TV que me acababa de comprar: “tú tranquila, todo va a estar bien”, le dije.

Cuando por fin tocaron el timbre, bajé corriendo.

–Ah, es usted. Lo vimos en la panadería –me dijo el bajito. El alto no hablaba mucho.

–Sí, sí –les dije–. Pasen, pasen.

–No, amigo, no se va a poder, ah –el bajito hablaba, el alto asentía.

Estaba a punto de preguntarles qué coño era lo que no se iba a poder, cuando salió corriendo la charapa del primer piso gritando: “es para mí, es para mí”.

–Eh, no señora, es para mí –le dije.

–¿Usted es Alonso? –dijo el bajito.

–Sí.

–Ah sí, señora, entonces es para él.

En ese momento me di cuenta que la charapa y ellos ya se conocían. La charapa empezó a hablar un montón de cosas que no escuché y sin darme cuenta ya los tenía a los tres dentro de mi casa en el tercer piso.

“No se va a poder, joven”, me repitió el bajito y el alto asintió. Le quedé viendo. “Hemos venido un montón de veces a este edificio. La señora es testigo. No sé si sabe pero en este edificio nadie tiene Internet”.

–¿Esto es Corea del Norte o qué chucha? –le dije.

–Parece… –ahí habló el alto. Me di cuenta que en realidad era el chistosito de los dos.

La charapa del primero contó que ya tenía un mes de mudada y que nadie le resolvía lo del Internet. Luego dijo un montón de cosas más a las que nadie prestó atención y se fue. El problema era que tenían que trepar a un techo de la vuelta para sacar no sé qué cable y el dueño de ese techo no daba permiso de que nadie se trepe.

–Pero hay cableados por todo el edificio –les dije.

–Sí, pero están sulfatados, ya no sirven, y el único poste está a la vuelta.

En definitiva, lo que había que hacer eran dos cosas: pedirle permiso al del 502 de mi edificio para trepar a su techo, cosa que no era problema; y segundo, rogarle al vecino de la espalda para que podamos echar cable desde su techo. Estuve dispuesto a rogar.

Fuimos al de la espalda con el alto. Sorprendentemente, un chiquillo nos dio permiso de inmediato y subimos. Todo bien. Dejé al alto, volví a mi edificio y subí con el gordo bajito a pedir permiso al quinto piso. Mientras subíamos las escaleras, me vino a la mente una imagen. Días atrás, apostados entre las gradas del cuarto y el quinto piso, había visto a un gran grupo de niños y adolescentes con celulares y tabletas que reían y se mostraban cosas en las pantallas. No entendí en ese momento por qué habían decidido ese punto estratégico para reunirse.

En el 502 nos abrió un italiano. Le explicamos la situación y nos dijo: “Uf, pasen, pasen. Pero no se va a poder, ah. Hace un año vivo acá y no tengo Internet. El vecino de la espalda no deja que se suban al techo”.

–Pero ya nos dieron permiso atrás –le dije.

–Ah, ¿sí? Qué bien –sonrió con falsa esperanza.

La vecina del 501 abrió la puerta y nos vio en el trámite. Era una gordita de edad indeterminada, graciosa y bonachona.

–Uy, amigos, lo mismo de siempre. No se va a poder, ah –intentó desanimarnos.

La gorda bonachona era bastante extrovertida y tenía un frenillo al hablar que la hacía muy simpática, pero al mismo tiempo una risa estruendosa que me ponía la piel de gallina.

La vecina gorda, con dulzura, me empezó a explicar. Al parecer, siempre que alguien llegaba al edificio sufría por lo mismo. El nuevo inquilino buscaba por semanas una solución hasta que se rendía a ser un ermitaño digital o se terminaba mudando.

Como las cosas hasta el momento habían avanzado sin sobresaltos, pensamos que finalmente todo se iba a resolver. Pero cuando estábamos con el bajito preparando la escalada al techo, le entró una llamada de su dupla. Había llegado el dueño de la casa de la vuelta, había puteado al chiquillo que nos había dejado pasar y al pobre flaco alto lo había echado casi a las patadas.

Bajé los cinco pisos, corrí a la vuelta, toqué el timbre y traté de hacer entrar en razón al viejo.

Maestro –le dije–, con esto solo le está negando a un edificio entero el acceso a la información. Hay adolescentes ahí que necesitan aprender, pertenecer, conectarse a la era globalizada. Y aparte me acabo de comprar un televisor gigan…

Me echó un portazo en la cara.

–¡Esto es Corea del Norte, la putamadre! –dije.

–Parece… –me sonrió el alto irónico.

Volví a mi casa, subí al quinto piso. La gorda bonachona seguía ahí. Despachamos al técnico que quedaba y el italiano se metió a su casa. La gorda me buscó conversación. Que de dónde era, que qué hacía, que no sé qué.

La gorda era realmente simpática, pero empecé a sentir cierta pena por ella. Era claro que vivía completamente sola, no parecía que recibiera muchas visitas y tampoco que saliera mucho. Y además no tiene Internet, pensé. Pobre gorda, no habla con nadie hace años. Solo tiene a los niños pesados que le invaden la escalera con sus aparatos tecnológicos.

La gorda seguía hablando, pero la tuve que interrumpir.

–Pero, señora… –le dije– ¿Usted desde cuándo vive aquí? ¿Cómo puede vivir así desconectada del mundo?

–Ah, no –me respondió–. Yo sí tengo Internet.

Vio mi cara de sorpresa y me empezó a contar. Lo que pasaba es que la gorda era la más antigua del edificio, incluso más antigua que el viejo hijo de puta de la vuelta, por lo que su departamento era el único que sí tenía conexión. Nadie había estado antes que ella para impedírselo.

En ese momento tuve una revelación. Volví a pensar en los niños sentados en sus escaleras. Coño, me dije a mí mismo, la bruja de Hansel y Gretel ya no tiene caramelos, ¡tiene Wifi! Qué peligro, por Dios.

La gorda bonachona me notó pensativo.

No te preocupes, lindo –me dijo de pronto–. Pasa que te doy la clave de mi Internet.

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Miércoles 19 de abril de 2017

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