Los malos aprenden a amar a través de una reja

Paolo y yo nos llevamos casi tres años. Yo soy el mayor. Cuando éramos niños –me refiero a cuando Paolo, mi hermano, tenía 3 o 4 años–, solo se podía proyectar en él un futuro asesino en serie. Era un engendro muy cruel. Y mientras él andaba por ahí con un lanzallamas persiguiendo insectos, yo más bien era un niño bueno y sensible, conectado con la naturaleza y los animales, y que tendía a sufrir demasiado con la muerte: me partía el alma y lloraba a mares si a mi alrededor dejaba de existir una flor o un conejito.

Y como la muerte es parte de la vida, aquello ocurría muy a menudo. Antes de convertirme en el cínico que soy ahora, yo sufría terriblemente la muerte mientras mi hermano la celebraba.

Para entender lo que sigue, me hace falta poner las cosas en contexto. En esos años –en plena década de los noventa, cuando Fujimori había impuesto ya una dictadura–, mis padres venían de ciertas decepciones económicas que nos habían obligado a mudarnos al jardín de niños en el que mi mamá era directora. Para ellos era bastante incómoda la situación, pero para mí era maravilloso. Tenía juegos por todos lados, un jardín enorme para tener mascotas y a mis amigos les encantaba visitarme.

Es así que dentro de ese pequeño paraíso de la niñez, yo tenía una jaula con dos pericos australianos. Todos los días les daba alpiste y agua apenas volvía de estudiar; y por las noches, para protegerlos del frío y la lluvia, les cubría la jaula con un impermeable.

Una tarde terrible, al regreso de estudiar, corrí hacia la jaula de los canarios, pero no los encontré. En su reemplazo, había una paloma. Yo recuerdo la historia tal como la cuento, pero mi mamá insiste en que no pudo ser de esa forma, que ningún adulto de la familia hubiera sido tan idiota para creer que yo con 5 o 6 años no iba a distinguir dos canarios australianos de una paloma. Eso dice ella, pero yo estoy seguro de que alguien me subestimó.

Le avisé a mi tía Patty lo que había pasado. Y me acompañó a buscar mis canarios por el jardín y a preguntarles por ellos a los otros adultos.

Cuando estaba con ella ojeando entre las ramas de los árboles, pasó lo impensable: apareció Paolo corriendo con un canario muerto en cada mano. Patty recuerda que Paolo gritaba: «¡Miren! ¡Pajaritos muertos, pajaritos muertos! Sangre, muerte, sangre, muerte, muerte!». A mí se me vació el alma. Por un momento pensé que él mismo los había matado.

Pero no había sido así para nada.  

En realidad el que tenía la culpa de todo era yo. La noche anterior había llovido muchísimo y se me había olvidado cubrir la jaula con el impermeable. Los canarios habían muerto de frío. Luego, un alma poco sensible los había echado a la basura y, más tarde, Paolo, que generalmente hurgaba los tachos buscando cosas muertas, los había encontrado.

Fue un momento de mucha confusión, porque nos empezábamos a formar la idea de que Paolo podía llegar a ser un psicópata histórico. Pero no pasó. Un tiempo después, cuando él tendría siete u ocho años, algo le transformaría el destino.

En el barrio en el que vivíamos había una casa gigante en una esquina en la que vivía el perro más malo del barrio y su dueña. Los niños de la cuadra le decíamos Perro Grande. Cada vez que pasábamos por la casa, nos espantaban sus ladridos infernales. La casa tenía unas rejas tupidas de matorrales y detrás de ellas se escondía. A veces le alcanzábamos a ver el hocico gigante o los ojos furiosos. Nada más.

Pero aunque nadie sabía muy claramente cómo lucía, el día que se escapó y se apareció en medio de nosotros, no nos quedó la menor duda de que se trataba de él. Por eso es que todos echamos a correr cuando se presentó en el parque esa tarde mientras jugábamos a la pelota.

Primero me atacó a mí. Me rompió bastante la ropa, pero no llegó a morderme de lleno, aunque sí sus dientes me alcanzaron levemente el brazo. Cuando se cansó de mí, fue por los demás. Paolo supo correr y subirse a un árbol y el perro no le alcanzó nunca. Lo mismo hicieron otros niños. Pero hubo uno que no supo hacia dónde correr y el perro lo hizo mierda.

La dueña del animal apareció de pronto, lo recapturó y sin decir palabra se metió a su casa entre los gritos de los vecinos.

-¡Asesina, asesina! –le gritaban los adultos desde las puertas de sus casas o asomados por las ventanas.

Todo pasó muy rápido. Pero al final de la tarde de ese mismo día, los vecinos se habían organizado y habían ido a plantarse delante de la casa de la dueña para exigir la muerte de Perro Grande.

Como todos conocíamos el carácter indolente de Paolo, nos sorprendió muchísimo cuando rompió a llorar como un loco y a rogarle a mi mamá que intervenga y evite que los vecinos dementes maten a Perro Grande. Nadie podía entender cómo de pronto algo en ese perro de mierda había logrado conmover a Paolo.

No recuerdo bien si finalmente mi mamá intervino o no, pero la cuestión es que los vecinos se apiadaron y no mataron al perro. A las semanas, cuando ya todo ese lío había pasado, nosotros seguíamos caminando por la misma cuadra en la que Perro Grande vivía. Una de esas veces, de vuelta a casa, alcancé a ver que Paolo metía entre las rejas un sándwich que venía comiendo.

–¿Qué haces, idiota? –le pregunté.

–Este es como si fuera mi perro –me dijo–. Siempre le lanzo comida.

Me pareció raro, pero no demasiado tratándose de Paolo. Cuando realmente quedé helado fue cuando metió la mano a través de la reja para acariciarle el hocico. Pensé que Perro Grande le iba a amputar todos los dedos. Pero no. Pude ver los ojos de Perro Grande, sus ojos de perro apaleado, abandonado, y mi hermano se reconocía en ellos y volvía a meter la mano para acariciarle el hocico, y Perro Grande sin ladrar, apaciguado como nunca.

–Ya, ya, bonito le decía y le volvía a pasar la mano. Todo está bien. Todo está bien.

No podía creerlo. De pronto estaban allí esos dos… el perro más malo y el niño más malo; ahí los dos cabrones, chocheando con toda el alma a través de una reja.

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Miércoles 17 de mayo de 2017


***Nota*** 

Actualmente Paolo tiene una novia y un gato. Le va bastante bien en la vida y suele ser cordial y generoso con su entorno. Es una persona bastante normal por lo que sabemos. Nada nos ha hecho pensar –todavía– que se llegó a convertir en algo del estilo Norman Bates. Esto último nos alivia profundamente.

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