Como el Mesías, pero sin «s»

La otra noche me agregó al Facebook Alonso Mesías. Desde luego no le acepté. Y no solo porque no tenga la más puta idea de quién podría ser, sino también porque su apellido –tal cual el mío, más una «s»– representa una tortura psicológica contra mí que desde años es orquestada por los call center y los restaurantes de comida rápida: nunca en la vida me escriben bien el apellido. Siempre la boleta llega para un Mejía o un Masías y, más usualmente aún, para un Mesías.

Me dio curiosidad a qué tipo de confusiones estaba expuesta la vida del otro Alonso, el Alonso con la «s» de más en el apellido. Así que husmeé en su perfil de Facebook. Y concluí que, en efecto, por lo menos existía.

Según Facebook, Alonso Mesías tiene 34 años, le gustan los videojuegos, las cartas Magic y parece que eventualmente tiene épicas y vergonzosas borracheras como yo. Sus fotos dan cuenta de que tiene también dos grandes amigos de toda la vida con los que ha asumido con urgencia patriótica el compromiso de seguir idiota hasta la vejez.

Por una de sus publicaciones, supe también que una empresa de telefonía le cagaba el nombre en todas las boletas. Y creo que ahí nació la verdadera curiosidad. Así que le escribí.

–¿Quién eres? –le pregunté por el chat.

–Soy tu futuro –me dijo.

–Te llamas distinto, idiota.

–Te cambiaste el nombre porque estabas harto de las confusiones.

–¿Y funcionó?

–No. Ahora nos dicen Masías.

–¿En serio?

–No, te estoy tonteando. No tengo idea de quién eres.

–Pero qué onda, ¿no? –le dije–. Ni que nuestros apellidos fueran tan difíciles. Yo siempre digo: soy como «El Mesías», pero sin «s» y siempre lo escriben mal.

–Imagínate que yo siendo «El Mesías», ni así. Haría falta que más gente lea la Biblia.

–Ehm… No creo –le dije.

–Ah, ¿tú eres de esos?

–¿De cuáles?

–De esos hipsters agnósticos.

–Ne. Yo creo en Dios por si acaso. No cuesta nada y digamos que si el avión está en picada me tranquiliza un poquito el Padre Nuestro.

–Ah, eres peor. Eres un pecho frío.

La conversación siguió en ese rumbo por un rato más, así de inútil. Luego, me despedí.

–Bueno, Mesías. Ha sido un disgusto –le escribí.

–Igual, Mesía –me respondió.

–Qué lindo que te escriban bien el apellido, ¿no?

–Hazte tratar, Mesía.

No sé por qué, pero lo hice: ese mismo día continué husmeando en el Facebook de Mesías y me encontré con conclusiones muy tristes. Alonso Mesías acababa de perder un abuelo que había sido como su padre, venía unos meses sufriendo por un desamor y, según daba cuenta la actualización de sus fotografías, no parecía seguir frecuentando a sus dos mejores amigos. Era claro que estaba en la bancarrota, en sus autorretratos tenía la mirada triste y sus publicaciones eran cada vez más aburridas y nadie le ponía corazoncito a nada.

Me dio pena y cerré la compu para pedir comida. Mientras esperaba respuesta del otro lado del teléfono, empecé a pensar en Mesías con más empatía. Después de todo lo que había conocido de él, lo comencé a sentir como una persona más cercana.

–¿Su nombre para tomarle el pedido? –me dijo la operadora de pronto.

–Alonso Mesía –le dije.

–¿Mesías?

–Sí –le respondí sin enfado, como desganado.

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Lunes 3 de julio de 2017

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