Los tirantes de mi abuelo

Coché, Moncho, yo, y tantos otros amigos, crecimos escuchando rap. Como es natural, buena parte de la adolescencia y la temprana adultez tratamos de vestirnos como nuestros raperos favoritos. Para mí era bastante fácil y barato lucir como uno de ellos. O al menos eso creía. Porque todos mis amigos eran más altos que yo y sus donaciones de ropa –polos y pantalones gigantes– me armaban automáticamente la pinta.

El problema, sin embargo, es que esa ropa llegaba a mis manos ya vieja y yo no tenía mucha idea de cómo combinar los colores. La realidad es que estaba más cerca de parecerme a un payaso indigente que a una estrella de hip hop (aunque claramente en ese momento no lo sabía).

Pero todo lo anterior nunca me había generado ninguna angustia hasta que entré a la universidad. Y fue porque entonces aún no pasaban ciertas cosas: todavía no conocía más allá del colegio en el que estudiaba ni más allá de los amigos con los que había crecido y todavía no me había enamorado de Sandra.

En esos tiempos en los que vivía angustiado por gustarle a ella, Gino, un buen amigo de por entonces, me dio una luz de esperanza pero con una salvedad.

–Mira, huevón –me dijo–. He averiguado y algún tipo de oportunidad tienes. Pero la vaina es que te vistes bien palta.

Entendí que era necesario revertir esa impresión y vislumbré la posibilidad de dejar de vestirme como un vagabundo. El único amigo cercano que yo tenía por entonces y que no se vestía como el resto de nosotros era César. Es así que le pedí que me acompañara a comprar ropa.

Yo tenía unos 20 años y él andaba por los 25. Como entre los dos no juntábamos ni 50 soles, nos fuimos a comprar ropa de segunda mano a la avenida Grau.

Compré una camisa enorme y unos zapatos ridículos, convencido de que el resto solo era cuestión de carisma.

No resultó. No puedo explicar lo tonto que me veía, pero creo recordar que hasta mi propia madre se me rió en la cara.

Tras esa experiencia, opté por lo neutro. Con el tiempo llené mi armario de polos negros y jeans. Y no tuve más problemas. La consigna en adelante sería: cero esfuerzo para la cotidianidad; algo de esfuerzo para los matrimonios y eventos así.

Hace un par de días, justamente pensando en la boda de dos amigos, Juan Alonso y Yoli, fui a comprar una camisa y una corbata. Entre tanta ropa de adulto, de pronto me acordé de mi abuelo materno, Christian, con quien viví la infancia y buena parte de la adolescencia sin que su estilo tuviera influencia alguna en mí. 

–¿Nunca has pensando en vestirte bien? –me había preguntado años atrás en presencia de mi hermano–. ¿No te gustaría salir a la calle y que la gente te mire como a mí cuando uso mis tirantes?

Paolo y yo nos recagamos de risa al escucharle eso. Pero pese a que nos habíamos burlado de él, mi abuelo se fue digno, para nada afectado en su orgullo.

Y eso, comprendería luego, más que algo contextual, era un rasgo fijo de su personalidad.

Las últimas semanas antes de morir, mi abuelo ya no jugaba ajedrez con la habilidad de siempre, se olvidaba de las cosas y caminaba con desacierto. Entonces, yo creo que un poco que se aburrió y se dejó ir.

Mientras daba vueltas por la tienda, preparándome para ir a ver cómo Juan Alonso y Yoli celebran el amor, que es lo mismo que celebrar la vida, me elegí unos tirantes.

Tirantes no para irse digno, pensé, sino para quedarse. Para quedarse hasta el final de la fiesta, hasta que uno ya no pueda beber más, no pueda bailar más, hasta que uno no pueda distinguir con claridad las fichas del ajedrez.

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Jueves 21 de septiembre de 2017

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