Mi madre no tiene un hijo músico

En la época del colegio teníamos un profesor de música que se llamaba Fernan: anteojudo, camisa adentro del pantalón, peinado raya al lado. A primera impresión era un tipo bastante normal dentro del universo de un colegio jesuita, pero se había tomado demasiado en serio un delirio personal: convertirnos en una banda de rock progresivo más o menos decente.

Éramos varios, unos 12 o más, y como en todo grupo, estaba la gente talentosa –como Perales o Chizo– y también estaba la gente muy poco iluminada como yo.

Pese a las debilidades que teníamos como grupo, después de un tiempo conseguimos componer unos tres o cuatro temas. Nada extraordinario. Pero si ninguno la cagaba, sonaba bastante bien para ser una orquestita de adolescentes de 14 años.

Al cabo de un tiempo, más por las relaciones públicas de Fernan que por nuestra propia habilidad, conseguimos nuestro primer concierto. Fernan estaba loco y había –no sé cómo hasta ahora– logrado que tocáramos en un auditorio ante unas 200 personas.

Hay algo de esa noche que no he podido admitir hasta ahora, supongo que por respeto a mi madre que estaba en primera fila. Incluso hasta el día de hoy no hallo la forma precisa para decirlo sin herirla, así que simplemente lo voy a escribir sin matices: es altamente probable que mi guitarra haya estado desconectada durante todo el concierto. Y la verdad es que yo siempre lo supe y nunca dije nada.

¿Por qué nadie se dio cuenta? Pienso que Fernan sí lo sabía. Pero como había otras dos guitarras que básicamente hacían lo mismo que yo y yo era pésimo (incluso para tener 14 años), decidió mantener la situación así por el bien del recital.

Él intentó hacerme lo que yo toda la infancia le hice a mi hermano menor. Puedo decir que casi todas las veces que Paolo creyó jugar un videojuego conmigo y mis amigos, en realidad solo tenía entre manos un mando que estaba desconectado de la consola. Fernan trató de hacer lo mismo: me quiso hacer creer que estaba jugando.

La diferencia en este caso es que yo siempre lo supe, y no solo eso, estuve dispuesto a simular y terminé hasta por disfrutarlo. De hecho, hasta hoy, es una situación de la que yo suelo presumir. «Cuando era músico –a veces digo– llegué a tocar hasta para 200 personas…».

Esa noche, cuando las guitarras dieron su última nota, le siguió ese instante de silencio único: el que precede al aplauso eufórico. No me importó en absoluto que yo no me mereciera ninguno de esos aplausos: yo estaba feliz, haciendo señas de rockstar y alentando la entrega del público. «Podría vivir así el resto de mi vida», pensé y me puse a fantasear con un futuro de esfuerzo cero, con una vida bella llena de halagos inmerecidos.

Ya sentía tener un ideal de vida, hasta que, de pronto, justo antes de retirarnos del escenario entre el agasajo de la audiencia, justo en ese maldito segundo, giré la vista a la primera fila y ahí pude ver a mi madre de pie, rompiéndose las palmas de las manos, con los ojos aguados, convencida, pobrecita, de que su hijo era un artista.

Me partió el alma. Y lo que vino enseguida solo fue peor. 

Durante una semana entera, mi madre se la pasó contando orgullosa cómo su hijo era un guitarrista de talla mundial. Incluso, una vez escuché una conversación entre ella y una tía en la que mi madre le revelaba un plan para conseguir dinero extra para meterme a clases de música.

La situación se hizo intolerable y caí en cuenta de que lo mejor era cortarlo todo de raíz. Ese mismo fin de semana, luego de que mi pobre madre se la pasara presumiendo de su hijo músico, decidí deshacerme de la guitarra. Es así que un sábado, se la vendí al chino Álvarez por 50 soles y con ello renuncié a mi gran idea de vivir de ser un impostor.

Mi madre y yo no volvimos a hablar sobre mi carrera musical. No la podía seguir engañando. Al menos no con eso.

 

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Lunes 11 de diciembre de 2017

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