Cuéntale un cuento a tu madre

Son las tres y pico de la mañana en Lima y acabo de despertar de un sueño en el que un gordo me perseguía para echar una moneda al aire. No era un gordo bonachón, como los hay tantos, sino más bien un gordo de esos que parecen tener un cadáver en la refri al que le dan una mordida de vez en cuando.

El gordo sociópata corría, corría y corría detrás de mí, y era fácil sospechar que todo se trataba de un sueño, porque el gordo apenas si jadeaba.

Una pesadilla como esa fue la infancia. Cuando éramos chicos, mi hermano Paolo y yo nos detestábamos la mayoría del tiempo, pero, pese a eso, muy usualmente nos veíamos obligados a entablar cortesías para tener a alguien con quien jugar. Y la máxima expresión constitucional entre nosotros era justamente lanzar una moneda al aire para decidir con qué juego arrancábamos.  

El problema en todo esto era que a mí me gustaba jugar al fútbol y a Paolo le gustaba jugar una tontería que él había bautizado como «La Nave», y que para mí era un suplicio. El juego, bastante ridículo incluso para tener cinco y siete años, consistía en meterse dentro de una cajas y simular un despegue. Paolo movía unos comandos imaginarios y hacía unos ruidos asquerosos con la boca para simular el sonido de la nave. Mientras él salpicaba de saliva a toda la Tierra, yo tenía que fingir ilusión por nuestro próximo ascenso a la Luna.

Tan igual como yo odiaba ese jueguito de «La Nave», Paolo odiaba el fútbol. Le hervía la sangre que lo pusiera a tapar penales y que le celebrara los goles con insultos. Le molestaba también que a él le tocará patear y que yo le dijera que pateaba «como una niña». Por todo esto, lanzar la moneda era para cualquiera de nosotros asumir un enorme tiempo de condena, un tiempo demasiado largo para nuestras pequeñas existencias.

Y es así que tanto cuando tocaba jugar a «La Nave» que cuando tocaba jugar al fútbol, terminábamos a los golpes. Paolo hacía trampa en su juego, porque no medía el tiempo bajo la lógica de este mundo, sino bajo la lógica de otros planetas; y yo añadía un tiempo extra tras otro para que los partidos fueran interminables.

Cuando todo terminaba en violencia, mi madre intervenía con literatura. Nos sentaba a los dos para contarnos un cuento que generalmente no entendíamos, pero que servía para distraernos de nuestros rencores. No recuerdo ninguno que tuviera que ver con el fútbol o con naves espaciales, pero recuerdo uno cuando Paolo y yo nos tirábamos de los pelos por un juguete que algún tío nos había regalado creyendo que lo sabríamos compartir.

Nos contó la historia de dos muchachos, dos hermanos pequeños como nosotros, que peleaban por un muñeco, y que su madre, en ánimos de remediar los espíritus homicidas de sus hijos, se ofrecía a partir el muñeco en dos. Tras esa propuesta, ambos hermanos entendían que era preferible compartir el muñeco entero a permitir que la madre salvaje lo mutilara. Mi hermano y yo no guardábamos la nobleza de los chiquillos del cuento y creo que le hicimos a mi madre partir nuestro muñeco en dos.

Sin embargo, hasta hoy, a pesar de esa derrota simbólica, mi madre se enorgullece de la creatividad que tuvo esos años para evitar que mi hermano y yo nos asesináramos. Y yo sí creo que todas esas historias fueron de una u otra manera unos de mis primeros acercamientos a la literatura; incluso anteriores a toda las historias que mi padre luego me supo alcanzar.

En el sueño del gordo sociópata, cuando el gordo por fin consiguió alcanzarme y pretendía obligarme a lanzar una moneda al aire, yo quise zafarme de esa tarea como mi madre intentó zafarse de nuestra malicia de infancia.

–Espera, gordo de mierda –le grité–. Espera que te voy a contar un cuento.

–Cuéntale un cuento a tu vieja –me respondió el gordo.

Y este es el cuento, mamá.

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Martes 27 de marzo de 2018

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