Magia es un huerto en casa

Siempre me pregunté a quién se le ocurrió esa tontera de sacar un conejo del sombrero. Es una cosa de magos, más o menos absurda o no. Pero es verdad que a veces hay que sacar algo de la solapa o del bolsillo o del sombrero, si se lleva; aunque sería raro, porque ya nadie lleva un sombrero en estos tiempos.

Pero supongo que todo lo del sombrero y el conejo empezó porque a los niños les gustaban lo suficiente los animales. Ahora no lo sé tanto. Creo que prefieren los robots que se transforman en autos, o quizá ya ni eso. Pero los animales ya solo le gustan a los adultos que comen balanceado y se lavan el cabello con champús hechos a base de frutas y aceites naturales.

De todos modos, de niño, sí quise ver un mago sacando un conejo del sombrero. Pero no ocurrió nunca. A cambio de eso, debo admitir, hubo magia distinta. Cuando tenía cuatro o cinco años, mi familia y yo pasamos de vivir en un departamento oscuro a un jardín enorme lleno de plantas. Teníamos un huerto pequeño en el que mi hermano y yo aprendimos a sembrar rabanitos y otros vegetales asquerosos que luego los adultos nos obligaban a embutirnos. Pero también había espacio para sembrar otras cosas que nos hacía felices ver florecer; y en eso estaba la magia: en ver la vida surgir y no necesariamente en atragantarte con ella.

Lo del huerto y ver florecer la vida duró un tiempo. Pero la adolescencia aterrizó sin flores ni vegetales ni huertos propios. Y para cuando mi padre y mi madre se separaron, ya estaban de moda los divorcios en las vidas de mis amigos (o en las vidas de sus padres, si se quiere ser más exacto). Todos teníamos una historia sobre divorcio que contar e historias sobre mudanzas, y alguno que otro de nosotros —aquellos que dejaban al resto en silencio— tenían historias sobre la muerte y la pérdida.

En medio de todo ese pequeño dolor de muchachos, salíamos a jugar pelota a la calle o a andar en bicicleta entre los carros, y nos hacíamos bromas crueles de abandonados y de huérfanos. Pero, a esa edad, aunque todos teníamos historias de divorcios o pérdidas, ninguno tenía una sola historia con una chica.

Nunca nos habían querido, nunca nos habían dejado. Pero aún habría tiempo para eso.

Una tarde de esas, en la que dábamos vueltas en la calle sin hacer nada, nos enamoramos todos de las mismas dos chicas. Y aunque nada de ese amor joven iba a durar mucho, sí nos las ingeniamos para acercarnos a ellas. Las dos chicas, que nadie nunca supo siquiera sus nombres, eran primas de una mocosa de trenzas que celebraba su cumpleaños en una casa del barrio. No nos importó colarnos a una fiesta infantil y saludar a todos los adultos y hacernos los tontos. Veníamos arrastrados por nuestras hormonas, dispuestos a padecer de payasos y malabares.

Un chico rubio que andaba con nosotros, y que sin duda era el más guapo del grupo, fue el elegido para establecer el primer contacto. Mis amigos y yo no le sacábamos la vista de encima y todo con las chicas parecía desarrollarse con calma y éxito. Pero cuando creíamos que estaba por aparecer el momento indicado para presentarnos, la mocosa de las trenzas empezó a gritar como una loca y el resto de niños enmudeció. Giramos la vista y el mago de la fiesta acababa de hacer el truco del sombrero y el conejo.

Y, en efecto, había salido un conejo del sombrero.

Yo sé que no fue así como sucedió, pero solo puedo recordarlo de esta forma: el mago tenía chapado al conejo de las orejas y el conejo tenía los ojos en forma de cruz, tal cual como mueren los dibujitos animados.

Nuestro amigo, aunque era realmente guapo, aún era demasiado joven como para tener herramientas para sortear con esa distracción: solamente se congeló como el resto de los niños. Y nosotros, aunque ni comíamos balanceado ni nos lavábamos el cabello con champú frutado, también quedamos anulados.

Ahora mismo puede parecer mentira todo lo que dije antes acerca de no haber visto nunca el truco del sombrero y el conejo. Pero es que realmente nunca lo vi. Yo solo vi a nuestro amigo con dos chicas lindas, y luego a un conejito con cruces en los ojos que espantaba a todo el mundo. Desde entonces, cada vez que me preguntan si quiero ver un truco de magia, respondo que de niño tuve un huerto en casa y que eso fue suficiente, que mejor guárdese el truco, por favor, que no hace falta arruinarnos el día con divorcios y muerte.

 

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Miércoles 23 de mayo de 2018

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