La depresión no está en el buzón de tu correo electrónico

Cuando tenía 26 años estaba en la puta mierda. Y cuando digo en la «puta mierda» me refiero a que estuve hundido en una depresión tan aguda, con ataques de ansiedad tan frecuentes, que desarrollé miedo hasta para salir a la calle.

Por casi un año, solo salí de mi casa para visitar a mi mamá, para buscar comida al mercado y para tomar una cerveza en el bar que estaba debajo de mi casa. Durante todo lo que duró la depresión, siempre pensé que yo era una de las pocas personas de mi edad que podía narrar en primera persona lo que significa sufrir un ataque de ansiedad. Hoy sé que no era así.

Estoy a unas semanas de cumplir 30 años y hace ya buen rato que soy feliz. Es decir, sigo odiando los lunes, a veces me entristece el mundo porque sí y tengo más incertidumbre sobre mi vida que nunca. A pesar de todo eso, nada, absolutamente nada, se compara a lo que pasó en la época que acabo de describirles. Así que lo que digo no se lo tomen literal: soy feliz, pero en un contexto comparativo. ¿Se entiende?  

Bueno, sigo. Cuando uno está tan aislado en sí mismo, piensa que las cosas extraordinarias de la vida solo le pasan a uno; que la depresión, las hemorroides o despertar todos los días en un charco de baba es solo cosa nuestra. Pero no es así, sobre todo con la depresión y con esta generación.

Ahora mismo hay muchas preguntas flotando sobre nosotros. ¿Somos una generación de oro o una manada de haraganes engreídos? ¿Somos inmensamente creativos o solo estamos hipnotizados por nuestros smartphones? ¿Estamos cambiando al mundo con nuestras ideas o nuestra propia inventiva está abriendo paso a nuevas formas de explotación laboral, de espionaje y de control social? ¿Somos, acaso, auténticos autodidactas, cada vez más libres para aprender, o estamos colaborando en que el conocimiento sea cada vez más superficial?

Todas esas preguntas son problemas en sí. Pero parece que no tuviéramos tiempo para ellas, porque nuestro verdadero conflicto es que todos estamos muy tristes. Cada vez más, amigos cercanos me cuentan sobre episodios de depresión, sobre sus ataques de ansiedad y sobre cómo un domingo o un lunes cualquiera se despiertan desarmados y perdidos. Tengo cada vez más amigos que toman medicación, que visitan regularmente al psiquiatra o que están en busca de un nuevo pasatiempo que los distraiga de la pena.

Y no sé si esto siempre fue así o si antes sencillamente no lo hablábamos. Pero si uno googlea “depresión” y “millennials” va a encontrar cientos de reflexiones que responsabilizan a la tecnología, a las redes sociales y nuestros supuestas limitaciones para lidiar con el estrés. Lo que a estas alturas me da bastante igual si es verdad o no, porque no tengo nada que decir sobre eso. Pero hay una pequeña cosa que puedo decir y parte de una conversación que tuve hace poco con una amiga. Ella me hizo una pregunta en concreto: básicamente, ¿cómo es que había salido de ese estado para estar ahora tan tranquilo como estoy? Y le respondí casi sin meditarlo:

—Creo que es porque escribí muchos correos —le dije.

Sin pretender entrar en una dinámica de autoayuda, les cuento a qué me refiero.

Durante mucho tiempo, todos esos episodios de ansiedad me hacían sentir muy poco útil. No escribía nada de nada. No leía nada de nada. Había dejado de hacer cualquier tipo de deporte, de ver a mis verdaderos amigos y de conocer gente nueva. Básicamente solo trabajaba en casa, comía, tomaba y dormía. Cuatro cosas que me siguen pareciendo maravillosas, pero que sin complementos pueden ser demasiado tóxicas.

La cosa es que como nada de lo que pasaba a mí alrededor me terminaba de interesar demasiado, decidí crearme un hábito nuevo: enviar correos. Todos los lunes, durante varios meses, escribí correos. Escribía correos para postular a trabajos que me gustaría hacer, le escribía a personas que me gustaría conocer, a escritores que me gustaba leer, escribía a becas, a revistas, a editores. Escribía un promedio de 15 correos todos los lunes. Y puedo decir que en todo ese tiempo me deben haber contestado menos del 10% de los correos que envié. Pero, aunque parezca poco, esas respuestas me obligaron muchas veces a salir de casa y probar cosas nuevas. Y, lo más importante, es que los lunes por la tarde, e incluso el resto de la semana, tenía la sensación de que había un promedio de 15 esperanzas a espera de respuesta, 15 posibilidades de que la vida dé un giro distinto de un momento a otro.

Y, además de eso, con el tiempo aprendí a escribir correos maravillosos. Modestia aparte.

Pero hagamos una pausa aquí: va de nuevo lo de no tomarse literal las cosas. Lo de escribir correos para mí es un hecho concreto, algo que verdaderamente sucedió, pero para ustedes puede ser un metáfora.

Imagínense que un día envían 15 correos, lanzan tres aviones de papel, una paloma mensajera o lo que les dé la puta gana. Imagínense que hacen preguntas al aire. Pasa el tiempo y se olvidan, pero siguen haciendo nuevas preguntas. Y un día cualquiera, imagínense, un lunes que se sientan como la puta mierda, de pronto, encuentran respuesta. De eso se trata.

Para mí, de eso se trata. Creo.

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Jueves 14 de marzo de 2019

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