Así no se mira una final

Cuando uno ve fútbol con los amigos, está convencido de que por al menos 90 minutos no existe otro lugar en el mundo. Que ahí, en esa habitación, en ese patio, en esa casa, está concentrada toda la energía que define el rumbo de la historia. Todo lo que vemos por la televisión tiene relación directa con nuestras acciones. Así estemos a miles de kilómetros, en esa pantalla no está pasando nada que no sea estrictamente nuestra responsabilidad, que no sea consecuencia de nuestros actos, pensamientos, apuestas y promesas. 

Es por eso que el domingo repetimos exactamente lo que creíamos que había funcionado días atrás. Nos juntamos los mismos que habíamos visto el partido anterior. No faltó uno; no vino uno de más. Los que a última hora quisieron sumarse, entendieron la cábala y se quedaron respetuosamente en sus casas. Nadie insistió. 

Nos sentamos en los mismos sitios, dispusimos las bebidas y la comida en el mismo orden y tratamos de tener en la mente los mismos pensamientos de la última vez. Alguien preguntó: ¿Se acuerdan si ese día salió sol? Una resolana se filtraba por las ventanas. No importa, dijo otro, el último partido fue de noche y lo ganamos igual. Es cierto, respondió el resto, con nervios. 

Parecía que salíamos del primer tiempo con un empate, a mirar el resplandor de una nueva vida en el segundo tiempo. Pero nos arruinaron el festejo antes de entrar en el descanso. Y lo demás es historia conocida. El resto del partido se llevó como se llevó. Y con el gol de ellos sobre el final se nos hizo trizas toda la esperanza (qué palabra tan de mierda, tan manoseada) y nos dio ganas de romper la televisión y de putear hasta quedarnos sin saliva. 

Antes de que pitaran el final, uno de nosotros ya lloraba. «No nos pueden ganar así. Qué cólera, la concha de su madre. Son todos unos hijos de puta». Lloraba y gritaba como un niño, como un loco, y algunos de nosotros se acercaban a consolarlo. Yo lo miraba desde un rincón del patio. «Apaga esa televisión de mierda», gritaba él. «No quiero ver esa premiación de mierda». Pensé en acercarme y palmearle la espalda, decirle que todo iba a estar bien, que teníamos equipo, que la vida continúa. Se puso de pie, se acercó al televisor y lo apagó. Los demás le decíamos: «¿Qué haces? ¿Por qué la apagas?». Él gritaba que no quería ver esa mierda, que no quería ser parte de esa mierda. Y en ese momento me provocó decirle la verdad. 

«Mira dónde estás sentado tú», le dije. En algún momento se había cambiado de sitio. Me quedó mirando, luego miró hacia el piso. «¿Y dónde tenías que estar?», le pregunté con tono de madre o de profesora de kinder. Y entonces el dueño de casa se giró hacia nosotros y entendió cómo se había alterado el orden que finamente habíamos dispuesto, que tanto nos había costado resguardar. 

«Anda y prende la puta televisión o te vas», le dijo. «Todo esto es culpa tuya. Así no se mira una final». 

 

black-tshirtAlonso Mesía Macher
Martes 9 de julio de 2019

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