El mundo es plano cuando la pena es ancha


Hace mucho que no escribo, porque vengo arrastrando la sensación de que el mundo se ha vuelto plano. Desde los últimos años de la secundaria, siempre he tenido una relación fluida y constante con escribir. No siempre estructurando cosas que tengan sentido o que se conciban en un formato en concreto, sino que muchas veces la escritura para mí ha sido garabatear en un cuaderno jueguitos de palabras. 

cara nueva, piso liso, acierto, trazo, rizo, pena, 

rema, rema, gil petizo,

calle, aviso, casita en venta,

casa en venta, casa en venta,

se lamenta, doña elvira,

sonso el que lee, queso suizo,

comer fuera

ya ni hablar

vivir la vida está carísimo

Pensaba esta mañana en esos jueguitos de palabras y cuándo es que había comenzando a hacerlos. Muy probablemente en las clases de segundo o tercero de secundaria. Un pensamiento tras otro me llevaron muy lejos de allí y terminé recordando la vez en que mi profesor de Literatura de esos años me traicionó en la Feria del Libro. 

En 2009, publiqué mi primer libro. Por entonces era joven, bello e idealista, pero tenía aún más problemas de autovaloración que hoy. Así que muy pocos de mis amigos y casi nadie de mi familia se enteraron de esa publicación. Una noche, la editorial me llamó a preguntarme si podía ir un viernes a firmar ejemplares a la Feria del Libro. Como el ser humano joven, bello e idealista que era entonces, me gustaban mucho los estupefacientes, y calculo que habré estado bajo el efecto de alguno, porque respondí que sí, que encantado. 

Cuando llegó el viernes, estaba al borde de una crisis de nervios y a punto de desistir. Pero aún tenía la edad en la que las madres pueden influir sutilmente en el comportamiento de uno. 

—Si ya quedaste, tienes que ir, cholito —me dijo mi mamá—. Total es un ratito, sales de eso y ya te olvidas. 

Esta historia la he contado muchas veces, pero siempre he mentido sobre varios detalles. A la mayoría de las personas que conozco, les conté que el accidente había ocurrido en una combi, que el chofer había frenado en seco y que, como yo venía durmiendo, mi nariz se había estrellado contra el asiento de adelante. 

No fue así. 

Sucedió, más bien, lo siguiente. Como había decidido, a pesar de todo, que era mi momento de brillar, en vez de ir en micro elegí llegar a la firma como un rey. Algo en mi cálculo falló, y terminé montado en el taxi más viejo y miserable que encontré en la calle. El trayecto no tiene mayor relevancia, pero, cuando llegamos, el taxi estacionó en paralelo a una rampita. Salí por el lado derecho y, como el carro estaba ligeramente inclinado y tenía las puertas más gruesas que una nave espacial, el peso me ganó y una de las esquinas de la puerta me pegó en los anteojos y me abrió la nariz como un caño de lavandería. 

En principio, pensé que había sido apenas un rasguño, pero empecé a sentir la boca húmeda de sangre y reconocí en la gente las miradas de espanto. A pesar de que al lado estaba el Hospital Rebagliati, se me ocurrió que era mejor idea entrar restaurante por restaurante a preguntar si me podían regalar servilletas para limpiarme la sangre. Imagino que no se me veía de muy buena presencia, porque me ahuyentaban de todos lados como a un perro con lepra. Me senté en la vereda, porque ya me estaba mareando, y la muchacha de un quiosco me atendió y me puso una curita. 

—Gracias —le dije—. Es que justo venía a la Feria a firmar unos libros y la combi frenó y…

Al rato, entré en la Feria y estuve una hora y media sentado en un stand, con mi librito delante y el lapicero en la mano, sin que nadie se me acercara. 

En el momento en el que estaba juntando mis cosas para irme, derrotado y completamente herido en mi autoestima, vi a mi profesor de Literatura del colegio hojeando libros en uno de los stands del frente y reconocí en él una oportunidad. ¿Quién podría estar más obligado a comprarte un libro  —pensé— que el tipo que te enseñó Literatura? Es más, descontando mi aspecto, creí que quizá hasta algo de orgullo podría causarle la situación.

Pasó delante de mí y le agité la mano como reina de belleza. Cuando se acercó, me di cuenta al instante de que no tenía la más remota idea de quién era yo. Pero no me importó.  

—Mire hasta dónde me han traído sus clases de Literatura —le dije sonriendo, con la nariz inflamada. 

—Oh, ya veo —me dijo—. Felicidades, eh, qué gusto, qué gusto. 

Me quedó viendo con la cabeza ladeada, en un segundo intento por reconocerme, y me sonrió cortés. 

—¿No quiere comprar uno? —le pregunté, agitando el lapicero en la mano.

—¡Pero por supuesto! —dijo él—. Qué ocurrencia. Doy una vueltita más y vengo para llevarme uno. 

Me miró por última vez, se acomodó el bigote y siguió su camino. 

Después de unos veinte minutos, apareció de pronto por el mismo pasillo. Al inicio me entusiasmé, pero cuando le busqué la mirada, enterró la cabeza en el piso y empezó a caminar más rápido. Me quedé viendo cómo se esforzaba por confundirse entre la gente, casi trotando, con una bolsa de libros bajo el brazo.  

Entendí de inmediato que no tenía planeado volver. Así que agarré el lapicero, abrí uno de los libros que tenía delante y escribí algo como esto: 

un carrito como una lancha

y uno tan chiquitito 

plano es el mundo, Alonsito

cuando la pena es ancha

no me duele su traición, maestrito

ojalá que se le caiga el pito

Cuando terminé de escribir, se me acercó el muchacho que atendía en el stand, se colocó a mi lado y me palmeó la espalda. 

—La próxima habrá mejor suerte, amigazo —me dijo. 

Yo alcé la vista para mirarlo y le sonreí asintiendo. Luego me dijo que no se podían garabatear los libros si es que no los iba comprar.

Alonso Mesía Macher

24 de febrero 2021

Una respuesta a “El mundo es plano cuando la pena es ancha

  1. que fuerte!
    pero mira que eres valiente, contra todo pronóstico y curitas encima, igual te presentaste,
    y mira también
    que peor que ir y no firmar nada, que ir y llegar manchado de sangre y atolondrado por el golpe, hubiera sido quedarte con el remordimiento de no haber hecho nada, de no haberlo intentado pudiendo hacerlo… y al final no saber que hubiera podido pasar.
    Que los mayores arrepentimientos son los que vienen de aquellas cosas que nos atrevimos a hacer.
    No va ser fácil, nunca lo es
    sólo no dejes de intentarlo.

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